|
Agustí Fernández Barry Guy Ramón López
Aurora
Agustí Fernández piano
Barry Guy contrabajo
Ramón López batería y percusión
Can Ram |
8:30 |
David M. |
5:36 |
Aurora 1 |
3:54 |
Don Miquel |
9:57 |
Rosalia |
5:18 |
Please, let me sleep |
6:48 |
Odissey |
7:22 |
Aurora 2 |
4:21 |
Umaneta |
5:37 |
Grabado entre Noviembre 2004 y Marzo 2006
Maya Recordings MCD0601
info notas críticas
info
AURORA es la última grabación de Agustí Fernández y presenta un aspecto sorprendente de su composición y su manera de tocar el piano. Contemplación y quietud es la atmósfera general que nos propone este volcánico pianista. Barry Guy y Ramón López atemperan su habitual estilo energético de alto voltaje para ponerse al servicio de esta música tan especial.
AURORA muestra la primera vez que Fernández, Guy y López tocan como trío, incluso es la primera vez que Guy y López tocan juntos, aunque Fernández tiene una larga historia de colaboraciones con ambos.
El resultado de este encuentro se traduce en una música insólita y extraordinaria, de un profundo lirismo contemporáneo. La crítica europea ya ha señalado AURORA como uno de los discos de piano trío más bellos de los últimos tiempos, comparándolo con otros de tríos excepcionales como son los de Bill Evans, Paul Bley, Ahmad Jamal y Keith Jarrett.
Todas las virtudes esenciales del trío de piano de jazz están resaltadas en AURORA de manera extraordinaria: escucha atenta, comunicación, precisión, interacción excepcionalmente sutil, elegancia. Un verdadero trío sin líder donde es muy difícil discernir donde empiezan o acaban las ideas ya que éstas fluyen continuamente entre los tres instrumentos.
AURORA ha obtenido la distinción “disque d’émois” (disco del mes) de la revista francesa Jazz Magazine de febrero de 2007, siendo Agustí Fernández el primer músico español que obtiene dicha calificación en toda la historia.
arriba
notas
OTRA VUELTA DE TUERCA
Una vez abolidas todas las reglas del juego, aun le queda al iconoclasta dar un paso más allá: rescatar la norma abandonada para aplicarla, ya sin restricciones, desde la más completa independencia. Visto así, a ningún seguidor de Agustí Fernández, el pianista convulso y torrencial, deberá extrañar el giro que implica Aurora, un álbum de sonoridad reconcentrada, de silencios alargados y elocuentes, de interacciones mullidas y de materiales que parecen surgir de un recuerdo remoto y que se retienen en la memoria de forma inmediata como si se tratara de una sucesión de cantinelas precisas y a la vez enigmáticas. Nada que ver, aparentemente, con los trabajos de piano ciclópeo y abstracto que han marcado la carrera de Fernández y que le han convertido en uno de los más pertinaces adalides de la improvisación libre. Hay, en efecto, entre sus anteriores trabajos y éste una diferencia radical de procedimientos, derivada de una manera bien distinta de acercarse al instrumento: allí donde había una acción masiva y un ataque troquelador y espasmódico, hay aquí una serenidad rasa y un tanteo cantabile y acariciante de comprimidos digeribles y hasta de efectos balsámicos. Pero el fin es probablemente el mismo: la indagación inconformista y sin descanso de resortes interiores, de ecos recónditos. La búsqueda agónica de una guerra sin cuartel propia del Agustí Fernández más aguerrido, se hace ahora buceo insistente de materiales que quedan flotando entre las pausas de sonidos que no resuelven. Que no se engañe nadie. Agustí Fernández es el pianista enérgico y pletórico de siempre, pero que ha decidido practicar en este caso una nueva forma de exuberancia, repleta de silencios caudalosos y de emociones ondulantes. La energía es idéntica: energía que se crea y que se destruye, o que se crea a partir de la destrucción, que se concentra ahora en una obsesiva atención al detalle, en el entrecruzamiento de sonoridades matizadas y de ecos persuasivos, en el despliegue minucioso de espacios abiertos.
En este recorrido provocador hacia la inocencia perdida, el pianista se impone la contención en la utilización de herramientas y solicita de sus colegas Barry Guy y Ramón López parecida simplificación de medios. Quién lo diría de estos tres hipervirtuosos candentes e indómitos. Pero el entendimiento triangular viene de antiguo –son años practicando conjuntamente y en diferentes formatos la combustión espontánea de alta tensión-, y la comunicación surge ligera y serena, sin solemnidades, con la misma naturalidad con la que entra en movimiento una criatura recién engendrada. Esta nueva trama afectiva, que está por encima del virtuosismo instrumental y de la mera concepción del acompañamiento, tiene como consigna un productivo “menos es más”, y en este “reduce, reduce, reduce”, en esta detallada labor de descarte, se genera un ámbito de libertad en el que las entradas y salidas se realizan con una extraña mezcla de independencia y de común acuerdo. La intimidad discursiva y la circulación lírica se dejan caer con peso leve desde un primer momento.
Can Ram es el nombre del lugar en el que vive Agustí Fernández y algo muy familiar a su mundo, de hecho, parece emerger del sutil vaivén que se establece entre dos campos armónicos sencillos y distantes. Hay un vago recuerdo, probablemente involuntario, del intimismo alusivo y elusivo del compositor catalán Frederic Mompou, del que hay que recordar una versión de Agustí Fernández a dúo con Marilyn Crispell en el disco Dark Night, and Luminous.
En David M, dedicado al contrabajista catalán David Mengual, el piano entra con un aliento muy vocalizado y pronto establece un tiempo bien definido –al contrario de lo que ocurre en el resto del album-, un 3/ 4 sobre el que fluctúa una sencilla secuencia armónica con entera flexibilidad y con la apariencia de un impromptu en gestación, al que se incorporan apuntes, ya bien entrado en materia, de graves profundos del contrabajo y del toque ingrávido y espacioso de la batería. Aurora, ya presente en el último disco de piano solo Camallera, reaparece aquí como dúo entre una percusión menuda y un piano tremolante que gusta de frasear con trinos y apoyaturas que le otorgan al tema un cierto aire arcaizante. Barry Guy utiliza el contrabajo como instrumento polifónico de evidente reminiscencia bachiana en su amplia introducción a Don Miquel. La composición, dedicada por Agustí Fernández al que fue su profesor de piano durante sus años de adolescencia en Mallorca, tiene su base en una línea melódica bien reconocible de ligero melisma arabizante, que bien podría ser un eco inconcreto de los paraísos perdidos de la isla mediterránea. El basamento clásico del contrabajo y el aporte étnico de las tablas hindúes no hacen sino potenciar la atemporalidad de la evocación.
Hay un evidente contraste entre la simplicidad de la melodía de Rosalia –de hecho, se trata de una secuencia que se repite bajando por terceras- y la continua actividad rítmica que le acompaña por debajo, a la manera de un río subterráneo que le aportara viveza. El piano, con el fondo de un contrabajo que se revuelve caracoleando, concluye con idéntica suavidad pero tomando ya cierta velocidad y en sobreagudo, como contagiado por la excitación de las baquetas que actúan sobre el metal. Please, Let Me Sleep es la única balada indudable de toda esta colección de baladas heterodoxas. No deja de marcar este carácter un tiempo lento que se arrastra sin esfuerzo, la utilización canónica de las escobillas, el contrabajo espacioso y flotante, y la sucesión de variaciones melódicas de un piano en registro medio que deja resonar las notas y que finalmente expone la melodía sin tapujos pero sin permitir su resolución armónica, como para mantener una laxa duermevela más allá del sonido.
Odissey, la única composición ajena a Agustí Fernández y firmada por Barry Guy, procede de la suite Inscape-Tableaux, grabada por la Barry Guy New Orchestra. En su adaptación a trío se comporta como un unísono de contrabajo en armónicos y un piano de notas desnudas, sin acordes, en un paisaje geométrico que parece concebido para que los tres vértices del triángulo se escuchen entre sí en las interrupciones del fraseo y en las notas repetidas de forma ritual. Tras una nueva toma de Aurora, una imaginativa introducción de Ramón López sirve de marco para Umaneta, una palabra inventada que bien podría traslucir una alusión a lo incógnito, como guiño a las travesuras verbales del poeta catalán Joan Brossa. Sobre un pedal de do menor, piano y contrabajo van espigando distintos materiales que bordean los márgenes del motivo conciso y vaciado de retóricas que finalmente termina por emerger.
Manuel Ferrand
Sevilla, 2006
arriba
críticas
Franck Médioni Jazz magazine
“disque d’émois février 2007”
Bill Evans, Paul Bley, Ahmad Jamal et plus récemment Keith Jarrett l’ont démontré avec force, le trio, c’est le triangle d’or de la musique. L’échange, le dialogue, l’interplay, ces trois orpailleurs et improvisateurs de haut vol que sont le pianiste Agusti Fernandez, le contrebassiste Barry Guy et le batteur Ramon Lopez, ils le pratiquent avec une maestria rare. Ecoute optimale, précision, élégance, souplesse, circulation des idées, fort sens de la relance et de la dynamique, le trio sans leader obéit à un sens très fort de l’architecture et, en même temps, se donne la liberté d’être libre, de s’échapper, à la fois très rigoureux dans la précision du trait et spontané et créatif dans le geste musicien. Ils se jouent subtilement des contrastes de volumes et de lignes, de l’expressivité naturelle des textures. Le plaisir, la simplicité, l’émotion, il y a dans ce trio la grâce qui naît des rencontres heureuses et le goût prononcé de jouer ensemble, de l’échange et de l’exploration. Il y a surtout dans ce trio cette capacité à s’abandonner aux vertiges de l’instant, à faire advenir la musique naturellement. Cela séduit parfois, cela surprend toujours. Mais là où on attendait ces trois artificiers de l’instant, ces trois incendiaires de la forme en mouvement dans les fulgurances du free, l’exaspération du matériau sonore, ils s’évadent plutôt vers des paysages sonores autres, pour une musique fortement lyrique et funambulesque. Un lyrisme abstrait tout en simplicité et sensualité d’une audace expressive totale. Jusque dans ses couleurs les plus sombres d’où perce par instants cette lueur brillante et rosée qui suit l’aube et précède le lever du soleil, l’aurore (titre du disque), la tension de l’improvisation porte vers une ascèse lumineuse. Et, finalement, c’est ce lyrisme solaire, ce chant ample et souverain qui rayonne, se pose là, en majesté.
Bruce Lee Gallanter Downtown Music Gallery
In this provocative journey towards lost innocence, the pianist imposes restraint in the use of instrument not only upon himself, but also asks his colleagues Barry Guy and Ramón López, to simplify their interventions in a similar way. Who would have thought it of these three indomitable, red-hot hyper-virtuosos? However, this three-way understanding goes back a long way, for they have been generating high-voltage spontaneous combustion together in different formats for years, and their communication floats to the surface light and serene, stripped of all solemnity, as naturally some recently-engendered creature begins to move. This new affective fabric, over and above instrumental virtuosity and the mere concept of accompaniment, takes a productive “less is more” as its watchword, obeying the call to “reduce, reduce, reduce” in a detailed work of discarding, generating an environment of freedom in which players come in and drop out again in a strange mixture of independence and common agreement. Discursive intimacy and lyrical circulation make their mark lightly from the first.
Germán Lázaro, Cuadernos de Jazz, marzo 2007
MÚSICA CALLADA
No, no es que la música de este trío no nos diga nada, sino que hace referencia a la que tal vez sea la principal obra de un compositor catalán al que Agustí Fernández, como autor de todos los temas del cedé menos de uno, parece tener muy presente: Federico Mompou. Como en la pintura de Vermeer o en el cine de Bresson, para el viejo maestro “la mejor palabra es la palabra no dicha”. Con una determinación incontestable, la música de Fernández, Guy y López se basa en recursos que como la elipsis, la sugerencia, o la evocación hoy no están muy en boga (lamentablemente, todo hay que decirlo). El resultado, Aurora, es un disco del todo inusual por estos lares (y poco habitual fuera, también hay que decirlo). Música que se escucha con calma, hoy, y que invita a ser completada, terminada, llenada por el oyente. Las composiciones de Fernández surgen de muy adentro, con temas muy relacionados con su vida (Can Ram, Aurora, Don Miquel), y para cada una de ellas hay un sinfín de recursos estilísticos. Alejado aparentemente de su torrencial y tayloriano carácter como intérprete (excepto en Rosalia), Fernández se revela aquí como un pianista sensible y dominador del tiempo como pocos, alentizándolo, replegándolo y expandiéndolo. Por su parte, Guy y López no son meros acompañantes: el primero atesora un conocimiento del contrabajo que le hace tomar siempre las decisiones más inteligentes, con frecuencia geniales (como en la intro de Don Miquel); López está especialmente inspirado a la hora de crear lo más difícil para un baterista, el acompañamiento rítmico idóneo (juguetón, grácil, etéreo) para un trío como este, un “trío slow”. Y, hablando de esto, y habida cuenta de que el segundo corte, David M, no está dedicado a otro que a David Mengual, quisiera recordar el proyecto que éste y Fernández se traían entre manos hará un par de años, y que se llamaba precisamente Slow. En fin, que este Aurora debería pasar a formar parte de cualquier discografía de jazz (contemporáneo, si quieren) que se precie.
Dan Warburton, www.paristransatlantic.com, february 2007
Think Agustí Fernandez meets Barry Guy and you're probably thinking of the kind of deluge of molten lava that characterised the Spanish pianist's volcanic contribution to Guy's Oort-Entropy back in 2005, or his spectacular scrap with Mats Gustafsson on Critical Mass. Add wildcard dynamo percussionist Ramón López to the mix and you've got all the makings of a Fire Music trio of epic proportions, right? Yes, well, right, but if you won't get any of that here. In fact, if this had been recorded by Jan Erik Kongshaug up in Rainbow Studios in Oslo or by Martin Wieland in Tonstudio Bauer in Ludwigsburg, it'd be perfectly at home in the ECM catalogue. Indeed, it makes for an interesting comparison with the 1998 Paul Bley / Gary Peacock / Paul Motian reunion outing on ECM, Not Two, Not One (though López's flick / splatter percussion probably has more in common with the work of Tony Oxley, so perhaps In The Evenings Out There would be a more sensible choice, even if that was recorded seven years earlier). Fernandez has penned all the tunes on offer, with the exception of Guy's "Odyssey" (previously recorded on the Barry Guy New Orchestra Inscape-Tableaux album), and they're unashamedly tonal throughout, revealing a side to the pianist's playing that aficionados of Fire Music are probably unfamiliar with (though closer listening to the Fernandez discography reveals a strong current of lyricism, even romanticism – check out Dark night, and luminous with Marilyn Crispell). And Guy, whose spiky virtuosity has been a cornerstone of aggressive modernism in both free and contemporary classical music for nearly 40 years, proves he's just as good at running up and down the standard scales as Eddie Gomez or Dave Holland. López's flecks of tabla, brushes and rattles are a good foil to it all: though he can, when he wants to, ride that cymbal as well as Jon Christensen (on "Rosalia"), he's really in his element sprinkling tiny showers of colour and light over the canvas. With a more conventional drummer like Motian behind the kit it could all too easily sound sentimental, even maudlin. As it is, it might be a little too pretty for hardcore free jazzers, but if you're prepared for once to accept that there's more to life than blowing the other guy (no puns intended) into the Oort cloud, this is a welcome reminder that music can also be tender, subtle and unashamedly beautiful.
Andrey Henkin, www.allaboutjazz.com/newyork, february 2007
It would be a fallacy to think that any musician who inhabits the world of free improvisation wishes that world to be a noisy chaotic place. Indeed, one cannot make any assumptions these days about free players, whether it be based on age, background or
collaborators. Though Spain has not produced the avant garde swarms of other places in Europe, it has a respected ambassador in pianist Agustí Fernández.
But to call Fernández avant garde is another fallacy. Call him flexible, call him exploratory or just call him one of the younger Europeans continuing the case for that continent’s jazz credibility.
Aurora is an entry into Fernández’ discography that at first may seem in contrast to his duos with Peter Kowald or Mats Gustafsson or his membership in the large ensembles of Evan Parker and Barry Guy. Aurora is defined as “a radiant emission” and the album is just that; nine luminous bands of lights that appear across the sky. But an aurora is formed through
bombardment of the atmosphere with charged solar particles and that energy and intensity is also present.
It is telling that for this stab at the traditional piano trio, Fernández brings along bassist Guy and percussionist Ramón López. Though Guy has had substantial forays into the world of bedlam, he got his start playing with another progressive pianist, Howard Riley. These days when not leading his New Orchestra, Guy is exploring the beauty of classical music and he brings those sonorities and one original piece, to this session. The rest of the tracks are written by Fernández and have their own complicated beauty.
Few themes are conventionally pretty and the solos tend toward subtle musings rather than florid expositions. López’ percussion adds a touch of the Mediterranean, taking the music out of the concert hall and putting it on a sea cliff. There is no better place to consider the heavens.
|